Siete
Las manos te arden demasiado como para sostener lo que has deseado
al conseguirlo.
Queman.
Y las abres sin ningún tipo de remordimiento dejando caer tu esperado premio.
Pero pones el pie (por si acaso) que caiga en ti.
Claro que desde tan arriba se te olvida que sigue allí, a tus pies.
Corres hacia tu nueva ambición arrastrándola a ella,
que ni es capaz de soltarse ni tu de pedirle que se baje
aunque pese.
Porque le pese a quien le pese
eres así de egoísta.
Las manos te arden demasiado como para sostener lo que has deseado
al conseguirlo.
Queman.
Y las abres sin ningún tipo de remordimiento dejando caer tu esperado premio.
Pero pones el pie (por si acaso) que caiga en ti.
Claro que desde tan arriba se te olvida que sigue allí, a tus pies.
Corres hacia tu nueva ambición arrastrándola a ella,
que ni es capaz de soltarse ni tu de pedirle que se baje
aunque pese.
Porque le pese a quien le pese
eres así de egoísta.

Comentarios
Publicar un comentario