Tenía diez años cuando decidí crear mi collar de las decepciones. Su enorme peso te inclina hacía delante acercandote a tú futura caída.
A veces, eso te da ventaja y logras evitarla, pero el peso se multiplica por dos.
Tenía diez años cuando descubrí que la empatía escasea en nuestra sociedad.
Un minuto bastó para quitarme la libertad de la ignorancia de creer en tres magos que repartían regalos.
Un minuto.
Un minuto bastó para conocer la desconfianza y alejarme de la inocencia.
Un minuto.
Después me obligaron a mentir al resto de niños sobre la existencia de los mismos. Fue justo ahí dónde conocí la hipocresía y la colgué de mi collar.
Aprendí la lección y no delaté al Señor Pérez hasta el último de mis dientes.
Fue mi primer papel protagonista, cada diente era un Oscar.
La segunda decepción fue comprobar que en lugar de sinceridad me encontraría con un regalo debajo de la almohada durante mis próximas actuaciones. Colgué de mi collar otra decepción y supe que querría ser actriz.
A partir de ese momento empecé a jugar con mi máscara, cómo el niño que camina al borde de un precipicio con una sonrisa. Desde entonces nunca he sabido cuando la llevo puesta.

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